Las relaciones son la materia de la que está hecha nuestra vida emocional. Y son, también, el lugar donde más sufrimos y donde más crecemos.
El espejo del vínculo
Cada relación importante funciona como un espejo: lo que nos molesta del otro suele hablarnos de algo nuestro. No siempre, pero a menudo. Y eso, que puede doler, es también una oportunidad.
El problema surge cuando confundimos el reflejo con la realidad. Cuando pensamos que el otro es responsable de lo que sentimos, sin mirar qué parte de eso es nuestra.
Sanar no es arreglar al otro
Una de las frases que más repito en terapia es: solo puedes cambiar tu mitad del vínculo. Pero esa mitad, cuando cambia, transforma toda la relación.
Sanar un vínculo empieza por sanar la relación con uno mismo. Por entender qué llevo yo a cada encuentro, qué heridas se activan, qué necesito y no sé pedir.
Las relaciones sanas no son las que no tienen conflicto; son las que saben atravesarlo. Las que pueden decir 'esto me duele' sin que el otro se rompa, y escuchar 'esto me duele' sin defenderse.
