Durante años hemos asociado la preparación profesional con adquirir conocimientos, dominar herramientas y desarrollar competencias técnicas. Pero muchas tareas que antes requerían años de aprendizaje pueden realizarse hoy, al menos parcialmente, con ayuda de la inteligencia artificial.
Me pregunto:
Si el conocimiento y muchas capacidades técnicas son cada vez más accesibles, ¿qué va a marcar la diferencia entre las personas?
Quizá la respuesta esté en habilidades a las que no siempre hemos prestado suficiente atención.
El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial estima que alrededor del 39 % de las habilidades actuales de los trabajadores cambiarán o quedarán desactualizadas entre 2025 y 2030.
Aunque las competencias tecnológicas seguirán creciendo en importancia, el informe también destaca el pensamiento creativo, la resiliencia, la flexibilidad, la curiosidad, el liderazgo y la conciencia de uno mismo.
No solo necesitaremos aprender a utilizar nuevas herramientas. También a desenvolvernos emocionalmente en un mundo que cambia cada vez más rápido.
Porque una cosa es tener acceso a información y otra saber qué hacer con ella cuando hay incertidumbre, presión o decisiones difíciles.
Pensemos en un ejemplo:
Una persona puede tener grandes conocimientos técnicos y, sin embargo, vivir una crítica como un ataque. O ser brillante resolviendo problemas, pero sentirse incapaz de poner límites cuando su carga de trabajo resulta excesiva.
No es necesariamente una cuestión de conocimientos, sino de cómo gestionamos las emociones, nos relacionamos y respondemos al malestar.
Hablamos de capacidades como:
- Regular nuestras emociones sin ignorarlas ni dejarnos arrastrar por ellas.
- Tolerar la incertidumbre.
- Expresar necesidades y poner límites.
- Escuchar perspectivas diferentes.
- Sostener conversaciones difíciles sin huir ni atacar.
- Influir sin imponer.
- Reconocer errores y cambiar de opinión.
Son habilidades que influyen en cómo trabajamos, pero también en cómo vivimos. Y están estrechamente relacionadas con nuestra salud psicológica.
La OCDE ha encontrado asociaciones entre habilidades socioemocionales como la autorregulación, la cooperación o la empatía y el bienestar, el aprendizaje y las relaciones sociales.
Por su parte, la OMS estima que cada año se pierden aproximadamente 12.000 millones de jornadas laborales en el mundo debido a la depresión y la ansiedad.
Son datos que nos recuerdan la importancia de atender la salud mental.
Pero no basta con pedir a las personas que desarrollen resiliencia si los entornos en los que viven o trabajan perjudican constantemente su bienestar.
La salud mental no depende únicamente de nuestros recursos individuales.
